¡Que verde era mi valle!



En el pueblo donde vivo uno encuentra, en su medida y armoniosamente como Mozart proponía, casi toda la gama de emociones en un formato pequeño y por lo tanto manejable.

Las grandes metrópolis, con sus falsos brillos y sus aparentes ventajas, no pueden compararse con la existencia en un pueblo circuncidado de bellas colinas y a solo diez kilómetros del azul Mediterráneo y además ese sol tan transparente. Hasta aquí la madre -o padre o soltera- naturaleza se ha portado fenomenal, pero lo más genuino es todo lo que te pasa en un día: gente que te quiere manipular, envidiosos, simuladores, codiciosos, mentirosos, racistas, xenófobos. Dudo, por ejemplo que en otro lugar puedas encontrarte con personajes que te estan mintiendo y manipulando 12 horas diarias, con los sagrados intervalos de dormir, comer e ir al baño.

El lugar por cierto tiene capacidades terapéuticas para los que somos paranoides, ya que haces coincidir los enemigos externos con los que fabrica tu maquinaria cerebral.

La gente podría formar en mi verde y acaramelado valle, una suerte de secta Amis, pero con la ventaja que no necesitas aprender un dialecto germánico. Incluso, no es mala idea, hacer un parque temático, un Comala o un Macondo, pero en vivo y en directo. También entre ellos se odian, se detestan y todos viven, bueno casi todos, para ostentar, mostrarle al otro, que él y su familia es mejor que la de los otros, pero aún dentro de su familia se detestan y así sucesivamente, como en las muñecas rusas y las cajitas chinas, ¿no?.

¿Para qué vivir en Nueva York o trabajar en algun despacho de abogados en Silicon Valley? Aquí tenemos todo y a mano. Como decía mi profesor de urbanismo Piotr Zaremba: las buenas ciudades tienen escala humana, es decir llegamos a todos lados con la ayuda de nuestras piernas o andando de rodillas como dice el tango.
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