Hablar bajo el agua



Hay gente que daría todo de sí para encontrar la persona que los convierta en víctimas. La búsqueda por más afanosa que sea, da casi siempre resultados parciales y además los victimarios terminan desilusionando a la víctima, vienen peleas, la ruptura y una busqueda de otro victimario.

La vida puede convertirse en una continua búsqueda de victimarios, seguido de encuentro, idealización, decepción y una rueda que se repetirá hasta la muerte en forma natural o en manos del victimario. Sin el victimario, la gente pelea con fantasma y siente que hay un castigo interno que nunca se concreta y que se convierte en angustia, depresión, hasta llegar al suicidio.

El victimario es el medium para que nuestros fantasmas lo habiten. El victimario debe cargar con los peores fantasmas, los mas violentos, aquellos que cortaron con toda nuestra ternura y nos convirtieron en objetos necesitados de castigos para poder sentir que estábamos vivos. Por tal motivo el victimario a su manera nos ayuda a disfrutar de la vida, cuando lo que estamos buscando es sentirnos manipulados, usados, oprimidos y engañados.

El victimario sabe perfectamente su función, y apenas nos ve, se da cuenta a que venimos y prepara su látigos y la chaqueta de cuero; si sabe dosificar el castigo sin sofocarnos, nos conservará a su lado mucho tiempo; pero las cosas no son estáticas y la víctima tambien disfruta con el reproche.

Lamentarse y aunque parezca redundante sentirse víctima es parte de la condición de víctima. No basta llorar en la noche o contarle a los amigos, cómo nos utilizan, cómo nos timan, se hace necesario que se lo digamos al victimario y la víctima termina perdiendo el respeto al victimario; ya no cae tan fácilmente en sus manipulaciones; esto va produciendo que el victimario, que necesita sicológica pero más económicamente a la víctima, comience a fastidiarse de un sujeto que se ha vuelto insoportable y saltón. Además el victimario odia a la gente follonera que hace desplantes y lanza gritos adelante de sus clientes.

La víctima está acumulando demasiado odio contra su victimario y sabe que el mayor placer puede ser destruirlo, hablemos claro, pasarle una daga por su cuello y dejarlo desangrando frente a su negocio, aquel que es el emblema en el pueblo de su progreso, de su ascenso social, de haber dejado de ser el hijo de un obrero albañil en un pueblo de señoritos, para convertirse en empresario y además director de la banda de música del pueblo.

Son las once de la noche y nadie ha visto nada, hay unos negros acurrucados en la plaza pero han hecho como que no vieron nada, bastantes líos han tenido ellos, para llegar a un pueblo que los trata con racismo e indiferencia.

El victimario esta tirado en el piso e intenta levantarse aferrándose a las persiana de su empresa, la sangre borbotea por su cuello, pero tiene la fuerza de sacar el móvil y pedir ayuda. Alguien le responde al victimario pero este no se hace entender, su voz parece como si hablara por debajo del agua.

-Pero es que no te entiendo- le dicen del otro lado de la línea. Vuelve el victimario a caer y el móvil se desprende de su mano, el golpe ha disparado una música polifónica que le evoca su último recuerdo, cuando entró a la banda musical de la cofradía con siete años, allí está radiante, feliz con su tambor,y vestido de uniforme con una gorra militar enorme que apenas puede sostener.
La victima sube las escaleras del parque de la glorieta y se aleja por la calle Barcelona. Pega su último vistazo a las luces de neón y al victimario convertido en objeto inerte.

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