El ultimo fotograma: segunda parte

Los procesos de dilapidación
son desmoronamientos organizados

Emily Dickinson, 997


Mario Franco sufría de Párkinson que afectaba su faceta seductora. A Mario le gustaban mucho las mujeres y el cine de autor, escribía notas en diarios y revistas, era profesor de sociología, usaba una cruel ironía en los bares, vendió perfumes, fue echado de la facultad por comunista, se casó, se divorció, tuvo muchas parejas, tuvo novias, se reía mucho, seseaba cuando decía Althuzzer, mucho café, poca cátedra, mucha piscina de la Universidad para mirar a las estudiantes en bikini, tuvo un dodge 1500 y hasta un cine.

Ya casi no salía. Seguía temblando como el Papa. Pudo ser muchas cosas, pudo, pudo, pero en 1976 llegó el innombrable y lo mandó a vender perfumes por las farmacias de Mendoza. Su ironía se volvió cruel en los que caían por su mesa de café.

Quiso, quiso, escribir una película de Lencinas, un amigo de los pobres, eso decía Raul Silanes quien contó que Mario le llamó una vez, a las tres de la mañana. Había leído sus dos novelas "Devolución de babel" y "Ajicito", y queria usar uno de sus personales para la película acerca del asesinato de Lencinas. "Y para eso me despertás grandísimo cabrón", le dijoRaúl furioso pero contento de conocer que hay gente que no solo la mueven los cargos académicos y políticos, como los amigos de Franco. Mario se exilió dentro de un puercoespín, pero sus amigos sólo estaban esperando y puede que pensaran que el golpe los encontró en el lugar equivocado.

Cuando cayó el innombrable, los amigos de Franco se pisaban entre ellos -como en las ofertas del Corte Inglés- para ver quien llegaba primero a los cargos de directores de proyectos del Pnud, Unesco, Cepal, Oea, Unicef y otras siglas. Elaboraron a carradas "papers" informando lo obvio: la pobreza, la infancia pobre , la educación pobre, el extremo analfabetismo, la delincuencia y la dependencia a EEUU en America Latina; con los papers aprobados por sus jefes y el cheque en camino, se fueron a sus casas, donde en pantuflas arrellenados en sus sofas veían su programa favorito por cable.
Pero Mario siguió exiliado y se arropó en sus bromas macabras, en un Althuzzer patético y en su proyecto Lencinas que tenía en su cabeza.

Silanes nunca vio un fotograma ni nada parecido de su supuesta película, salvo borradores de una especie de story board que dibujaba él mismo a mano en servilletas sacadas de las mesas de los bares).
-Me contaba una escena - sostiene Silanes- y yo que soy bueno para darme manija en ese sentido, le decía que metiera tal o cual cosa y nos extendíamos en una charla de "imaginero"" por tres o cuatro horas, totalmente sacados de la realidad circundante (circundante es una palabra de mierda), mejor dicho, reinante (tampoco), la realidad de los demás, sería exactamente lo que sucedía.

Para Mario algo no había vuelto, sí teníamos democracia, juzgaban relativamente a los innombrables, el discurso de los políticos estaba siempre cruzado de referencia a los desaparecidos, pero el notaba que no era lo mismo, que "algo" faltaba. No sé, no sé. Algo, algo que ya no encontraba en su ambiente, porque "eso" estaba y dejo de estar, muy simple, y aún con la democracia "eso" no volvió, entonces para que salir del exilio, en el exilio siempre hay la esperanza de volver, por eso yo, Mario Franco, mantengo mi exilio y el peor de los exilios el interior, ando por las mismas calles, tengo la misma cara, la misma sonrisa, pero ellos no saben que yo estoy exiliado.

En la noche del 18 de noviembre, Mario, sin avisarle a nadie, sale volando por la ventana.

No ha entrado en ninguno de los agujeros de luz de los que hablan algunos libros. Tiene puesto sus anteojos, su mismo pelo, su camisas de manga corta hasta en invierno, esos zapatos tipo mocasines con hebillita plateada. Y está con su maletín, sus pantalones marrones con el ruedo hecho pelotas. Nadie lo puede recibir porque Mario sabe que la nada no existe.

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