Chile y Argentina

Argentina fue durante los últimos cincuenta años, el lugar de preferencia de los chilenos para emigrar y construir un futuro. Luego vino la caída fatal de Argentina, o la más fatal, si existe la reencarnación, que fue la del "Corralito". Hasta bien entrado Pinochet, los argentinos eramos para los chilenos, los ricos del barrio, los que veraneabamos en sus playas, consumíamos por dos y salíamos con sus mujeres.

Cada tanto saltaban conflíctos de límites y algunos chilenos se dedicaban a rayar o romper parabrisas de coches con patente argentina. Era una emoción dificil de digerir de amor, admiración, envidia y odio por lo argentino; éramos el imperio del sur con miles de kilómetros de intranquilas fronteras. Cuando fue el golpe del asesino y fascista Pinochet, Argentina acogió generosamente a muchos chilenos que venían huyendo de su dictadura y la mayoría formaron hogares y pudieron empezar una nueva vida lejos del matón de turno.

Cuando nuestro monstruo y demente Videla pretendió invadir a Chile, fue como que en el imaginario chileno azuzado por el reptil Pinochet, dijeron: señores, nos tenemos que alejar de este vecino y todo eso llevó a que los servicios de inteligencia de Pinochet ayudaran a Inglaterra en la guerra de las Malvinas. De nuevo se disparaba un circulo vicioso de desconfianza entre estas dos naciones hermanas que supieron independizarse compartiendo ejercitos y glorias.

Yo vivía en Mendoza, que es la provincia más cercana a Santiago, la capital de Chile y donde funciona el único paso internacional. A mis veinte años salía con chilenas y la pasaba muy bien: eran dulces, cultas, hermosas, mi testosterona funcionaba a tope, me hacían sentir más importante de lo que era y tenían un liberalismo que era dificil encontrar entre las Argentinas que tenían el mandato inmigrante de enamorarse solo de un maridito que tuviera la virtud de trabajar, trabajar y trabaajar. Por todo eso, guardo hermosos recuerdos de mis compañeras chilenas que aquí no puedo expresar. Seguí saliendo con chilenas, pero mientras avanzaba el innombrable, ese de las gafas oscuras, las chilenas se iban poniendo mas pacatas y reprimidas; era como si de setiembre a setiembre se estaban comiendo a Pinochet de a pedazos.

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