El octavo círculo

Probarás la amargura del pan ajeno
y la dureza que supone
subir y bajar las escaleras de otros.

Tu primer refugio y tu sola recompensa,
los deberá a tu soledad y al arte que hace nacer.

Canto XVII del Paraíso, Dante




A excepción de mi familia, de Juan, de algunos amigos como Manolo o Luis, y de gente que apenas conozco pero que se brindan en pequeñas cosas, puedo hablar de los otros, de aquellos que seguramente inspiraron a Dante Alighieri al escribir La Divina Comedia, en especial la parte del inferno y de ella en especial la del octavo piso, donde residen en una barraca todos los falsarios. Porque Dante tuvo una vida de intrigas y envidias de pueblo en una Florencia de 30.ooo habiantes y todo aquel que ha vivido en un pueblo sabe del infierno de inevitablemente - todos los días- encontrarte con gente que es detestable, que en cuatro años nunca los has visto bajar la guardia y que por lo tanto no sé cómo son, solo sé que actúan en el sentido teatral.

Todos los días te fatigas de gente que prefirirías no ver más en tu vida pero el pueblo es tan pequeño que te topas con ellos por las calles o sabes que como las arpias te miran desde alguna celosía. Este bestiario está formado por: pesados, hipócritas, falsos cristianos, mediocres, resentidos, envidiosos, xenofobos, codiciosos e incestuosos mentales que todavía creen que la tierra es plana y su centro es la plaza Glorieta Sotomayor.

El error en la arquitectura de la Divina Comedia fue separar los pecados del apetito como la gula o la codicia de los pecados de los malignos como es el de los falsarios, hipócritas y simuladores.
Esta clasificación complica la tarea de distribuir a los que van llegando, porque la gente codiciosa, ejerce la falsedad para lograr su codicia. Puede que Dios en toda su gloria y sabiduría desdoble las personalidades y mande una mitad al piso de la codicia y la otra parte a la de los falsarios.
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