Latigo

Desde hace diez mil años, los niños y nosotros, los grandes, somos conducidos con el látigo. Algunas revoluciones empezaron derribando los relojes de control de personal, para luego llamar a los relojeros y volverlos a poner en funcionamiento. Todas las utopías terminan imponiendo con penas de muerte y otras amenazas el bien común y la solidaridad. Valores que ya nadie cree, pero que dan legitimidad al gobierno, entonces empiezan a funcionar las apariencias, los simulacros. Sigue la lucha contra la droga pero cada vez hay más traficantes, sigue la lucha contra la pobreza y esta crece y crece; el medio ambiente es una prioridad del gobierno pero el desierto sigue desvastando.

Me dan gracia todos los libros de autoayuda del capitalismo de la calidad total, la atención al cliente, de los recursos humanos, la misión, el coaching, pero al final termina cumpliéndose la ley del látigo.

Es como una vasta cárcel, donde los carceleros tienen muy claro lo que deben hacer, pero cada tanto cae un lunático planteando que las cárceles son para la redención de los presos; los carceleros esperan el próximo motín, la toma de rehenes, los muertos, los colchones quemados y entonces todo vuelve a la normalidad. Pero los profetas se quedan, ya tienen ese empleo y entonces vienen un discurso confuso que pretende conciliar el látigo con las buenas intenciones y da como resultado una cosa indigesta.

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