el arte de conversar

Tengo un amigo que es una maravilla conversando, te escucha, hace silencios, es coloquial como si te estuviera hablando en una mesa de cafe y puedes estar cuatro horas o más horas -lo he experimentado- conversando sin aburrirte. Cuatro horas de conversaciones deben ser un libro de unas 150 páginas, pero no grabamos nada como hacían los de la generación beat y los surrealistas.
Pero a lo que voy, este amigo, metido a escribir lo que sea, se pone tieso, duro, almidonado, cambia los verbos, se pone académico, tose, se pone nervioso y solemne.

Si mi amigo logrará escribir como conversa, lo que no es difícil, tal vez bastaría tomarse unos tragos de Ron o fumarse un porro (pero esto último me consta que no le da resultado) sería muy buen escritor. Según cuenta Borges, algo así le pasaba al autor del Museo de la novela eterna don Macedonio Fernandez, quien a la hora de escribir se ponía demasiado solemne o complicado. La novela es realmente un plomazo y solo le ven virtudes los especialistas en hipertexto y otras boberías, pero parece que escucharlo era fantástico; lo mismo habrá pasado con Sócrates o Jesús (no sean vagos vayan al Google y pongan Aristóteles Sócrates Onassis), que tampoco habrá sido tan solemne como los recuerdan los evangelios. Puede que a mi me pase lo mismo, en especial en Kolón, o en algunas partes de Kolón, en especial al principio, donde estoy demasiado kafkiano, o solemne, como queriendo imitar la escritura de Las ruinas circulares o el Popol Vuhl. Luego, digamos en la segunda parte cuando va con todos los prontuariados a vandalizar las nuevas tierras, me suelto un poco y creo que al final, me pongo de nuevo solemne, doy consejos, como eso de que Kolón está más allá del poder y el plomazo se va con su familia y abandona a la gente a su bola.

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