Salvavida de fuego

Los domingos, cuando tenía diez años, solía almorzár ravioles, en casa de mi tía Beba. Mi prima Estela, después de comerse unos tres platos, alejaba la silla de la mesa y tocándose la panza decía con gozo "estoy llena".
Camino a casa, en la vieja rural Mercedes, mi padre nos aleccionaba que no era de buena educación decir "estoy llena", y aquellos que me había parecido tan natural en mi prima, pasó a ser una conducta bochornosa. Mi padre, recomendaba decir cuando estuvieramos llenos: "No gracias, estoy satisfecho."

No entendía la palabra, pero era una directiva de mi padre. También nos decía que estaba mal comerse tres platos de ravioles. Mi prima era un poco gorda y entonces mi padre conversaba con mi madre acerca de esa "calamidad" . Cuando estaba con mi tia, la aleccionaba para que hiciera adelgazar a Estela y le recomendaba que la llevara a un médico nutricionista y creo que mi tía decía que lo iba hacer o ya lo había hecho, pero todos los domingos, mi prima después del tercero o cuarto plato, volvía a decir: estoy llena.

En el mercedes se volvían a repetir las mismas conversaciones y mientras tanto la situacion económica de mi tía y su marido Hipólito, iba de peor en peor, hasta que mi padre les consiguió la concesión de una cantina en una parada de autobuses.

De golpe mi tia beba que se levantaba a las 12 todos los días, tuvo que abrir la cantina a las cinco de la madrugada, que era la hora que los choferes empezaban a trabajar. Mi tío Hipólito no era problema, siempre se levantaba a esa hora para recorrer unos cultivos que arrendaba pero que nunca le dieron lo suficiente para mantener a su familia.

A mis tíos les encantaba hacer celebraciones donde siempre invitaban a más de cien personas, recuerdo en forma muy detallada los cumpleaños de mis primos, donde se tocaba el arpa y la guitarra, se cantaba y uno comía hasta hartarse. Nunca fui tan feliz como en esa fiestas. Pero mi padre decía que mis tios no estaban en condiciones de afrontar tantos gastos que las fiestas ocasionaban. Mi padre iba a los cumpleaños con mal humor y nos atacaba a todos, siempre tenía algo que recriminar. Ademas le gustaba levantar la voz, que todos se enteraran que te estaban retando.

Volvamos a la cantina, la cosa no anduvo nunca bien, los choferes no eran cinco estrellas y a veces piropeaban a mi tía ante la presencia de Hipólito, además ahora con la heladera de la cantina, la familia comía el doble, lo que tambien era motivo de critica de mi padre.

Mi padre vigilaba si abrían la cantina en hora y algunas mañana cuando le avisaban que la cantina estaba cerrada o atendida solo por Hipólito, se caia en la casa para despertar con gritos y recriminaciones a mi tía.

Mi tia, harta de todo, abandonó la cantina diciendo que la ayuda de mi padre eran como una mano de fuego.

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