Cuento de Cortazar: Las caras de la medalla



LAS CARAS DE LA MEDALLA *
A la que un día lo leerá,
ya tarde como siempre.

Las oficinas del CERN daban a un pasillo sombrío, y a Javier le gustaba salir de su despacho y fumar un cigarrillo yendo y viniendo, imaginando a Mireille detrás de la puerta de la izquierda. Era la cuarta vez en tres años que iba a trabajar como temporero a Ginebra, y a cada regreso Mireille lo saludaba cordialmente, lo invitaba a tomar té a las cinco con otros dos ingenieros, una secretaria y un mecanógrafo poeta y yugoslavo. Nos gustaba el pequeño ritual porque no era diario y por tanto mecánico; cada tres o cuatro días, cuando nos encontrábamos en un ascensor o en el pasillo, Mireille lo invitaba a reunirse con sus colegas a la hora del té que improvisaban sobre su escritorio.
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