El hombre sin orillas

Costaba pensar que aquel hombre no tenía orillas, que su cuerpo en realidad se perdía, se difuminaba en un degradé que se confundía con el entorno; ahora si uno lo veía de lejos, parecía que tenía orillas, pero bastaba tenerlo a unos dos metros para caer en cuenta que no, que su contorno era impreciso, como una aureola o eso del cuerpo astral. Yo fui su amigo y vecino desde que me fui a vivir a su barrio, a los cinco años y la verdad que me acostumbré tanto a su rareza que no me llamaba la atención para nada, pero sí a los demás, que lo señalaban por la calle como si fuera una atracción de circo; pero yo la pasaba muy bien con él porque compartíamos el gusto por lo esotérico. Nuestro primer libro sobre esos temas del cuerpo astral y las reencarnaciones fue "El tercer ojo" de Lobsang Rampa, yo creo que él buscaba en esos libros una respuesta a su rareza pero se obsesionaba mucho y a la noche no podía dormir.

Con el tercer ojo aprendió a ver el cuerpo astral y a darse cuenta, me decía, que en realidad él, por alguna razón desconocida, tenía visible su cuerpo astral y que eso era todo, pero su madre la pasaba bastante mal e iba de médico en médico buscando tratamiento para su hijo y su hijo cada vez estaba mas fastidiado de tomar pastillas, hacerse rayos, operaciones, ejercicios, ondas cortas, acupuntura, magnetismo, etc, etc. No había brujo o manosanta que la madre no visitara o le escribiera. "Traigame a su hijo" y entonces cargaba a Rolando en el coche y para allá iban los dos. Hubo una solución que prometía, era un jarabe que haría transparente el cuerpo astral y la verdad que lo que sería el cuerpo astral, por un tiempo se volvió un poco más turbio, como si su cuerpo lo rodeara una burbuja de agua, la verdad que fue horrible para Rolando y entonces suspendió los tratamientos y se metió de cabeza en la comunidad de un Gurú; allí incluso se convirtió en una estrella, le decían que era un alma especial, un privilegiado, pero por otra parte lo empezaron a usar como prueba de los buenos resultados de la comunidad, también se fastidió de eso y decidió que no saldría más de su casa, con su madre que lo atendía (y también lo fastidiaba), día y noche.

A veces se permitía visitar el café de los amigos, donde al estar rodeado de tanto afecto, neutralizaba ese malestar de sentirse siempre observado como si fuera el hombre elefante. Rolando envejecía muy rápido, no se si por tantas terapias o por su misma rareza, pero iba perdiendo movilidad, hasta que ya no pudo moverse de la cama. Pero Rolando nunca perdió su buen humor y hasta último momento recibió a sus amigos. Cuando falleció o tal vez unas horas antes, Rolando recuperó sus orillas, y lo vivió una hora o menos, incluso me pidió que le sacara una foto y que se la enviara a una novia que había tenido, creo que la única, y con la que se peleó por la presión de la familia de ella, que no aceptaba que su hija tuviera un novio sin orillas.
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