El Eternauta de la tarde

La casa de mis abuelos en Alvear, una pequeña ciudad rodeada de vides, al sur de Mendoza, Argentina, era el destino de los tres meses de vacaciones escolares.

Llegábamos con mi madre y mis hermanos en un viejo tren que salía de la estación a las 5 de la mañana. Mi tío pedro con sus veintipico años, todavía vivía con mis abuelos. Pedro era un adicto a los comics. En las siestas se dormía leyendo El Tony, Dartagnan o El Intervalo hasta que la revista se desplomaba sobre sus ronquidos. Una siesta encontré entre sus revistas, El Eternauta de Oesterheld. La empecé a leer: la extraña nieve cayendo sobre Buenos Aires, un hombre derrumbado sobre una imprudente ventana abierta, marcianos con filosos seis dedos, un aparato que volvía robots a los hombres, los trajes confeccionado para evitar la mortifera nieve… se hizo la noche y mi tío silbaba en el baño mientras se ponia su Old Spice. Pedro no volvería hasta las 4 o 5 de la madrugada. Quedé sólo en la pieza. Una gota de agua caía en el baño y su ruido se agigantaba. Eran ellos, seguro que eran ellos y venían por mi. Llamé a mi abuela a los gritos y dormí esa noche en su cama. Al otro día huí de toda presencia de El Eternauta y nunca mas volví a leerla. Hoy la casa de mis abuelos fue vendida, ellos hace tiempo que murieron y mi tio Pedro se suicidó de un modo mas horroroso que las historias de Oesterheld quien con sus hijas fue torturado y muerto por seres que las casualidades o la magia nos recuerdan a los marcianos de finos y repugnantes dedos.



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