Senderos que se bifurcan

Si hubiera sido detenido, esa noche cuando con Waldina, Rubén y Hugo en la destartalada camioneta de Rubén, llevábamos los afiches de la Masacre de Trelew, otra historia estaría transitando o tal vez existe en otra dimensión.

Llegué a una reunión en casa de Rubén, nos habían pedido que pegáramos en Maipú, cerca de la bodega más grande de Mendoza y que por tanto eso garantizaba que el cartel lo iban a leer muchos obreros. Salimos a la noche con los carteles y el engrudo; en una esquina vemos un control policial que ya lo teníamos encima y que no podíamos evitar, entonces nos metemos en una gasolinera que estaba a unos 50 metros de los poli.

Echamos gasoil, a nuestro destartalado compañero y salimos por otra calle, a cada segundo imaginabamos la voz de alto; los policías se van alejando, más, más en el espejo retrovisor.

Doblamos por una oscura calle de tierra, abrimos las puertas y arrojamos carteles y engrudo y seguimos camino, resucitados, sabiendo que nos han dado una nueva oportunidad. Al otro día Waldina no va a la facultad, está engripada. A la semana voy invitado a una reunión de los siloistas en casa de Wiracocha, a quien le cuento que he estado con Waldina, que es también siloista aunque participa de nuestro grupo político. Wiracocha me dice que Waldina somatizó el susto de esa noche y que por eso se engripó.

Por el otro sendero, la camioneta recibió la voz de detenerse, la fuga era imposible y al ver nuestros carteles, fuimos llevados directamente al D2, el infame departamento de investigaciones de la Policía de Mendoza, allí empezó una pesadilla para los tres. En ese sendero, Rubén no se exiliaría en Suecia, Waldina sería liberada y su vida no variaría mucho, Hugo la pasó muy mal y yo también, tan mal, que a veces se perforan los laberintos, suelen tener cierta permeabilidad cuando hablamos de emociones fuertes, tan mal como digo, que estoy en una sala rodeada de interrogadores que se asoman a mi, que estoy acostado en una cama de elásticos metalicos.
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