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Robo para la Revolución


Raúl Lilloy


Robo para la corona, el libro de Verbitsky, es la descripción, casi fisiológica de cómo funcionó la corrupción en los tiempos de Menem, los vínculos entre el poder político, los empresarios y el vínculo corsario.
Con la excusa que la Revolución o la Causa necesita dinero, logística, fierros, aparatos, el fin justifica los medios. En los setenta los Montoneros y el ERP secuestraban empresarios y lo recaudado se lo daban a otros empresarios que eran los que le administraban ese dinero dedicado a la Revolución. Si nos fuéramos a los tiempos de la Revolución de 1810, las cosas funcionaban también así: siempre los recursos y su obtención por las buenas o las malas (las joyas de las patricias mendocinas). Lo de San Martín era una situación claramente revolucionaria e incluso de guerra de liberación y hay mucha distancia entre eso y los chamuyos y chanchuyos de Lopez y una cadena funcional de complicidades que no sabemos, hasta hoy, 17 de junio de 2016, adonde llega.
Todo empieza con la financiación de la política, se superan ciertas barreras morales, éticas, total es para la Revolución, la Causa, la Patria Justicialista, Socialista, y en cada giro, los fondos, las cajas son más oscuras y tenebrosas.
Los cuadros políticos, los que llenan estadios y sostienen cánticos progresistas, tienen poca vela en esa fiesta. Está la militancia por un lado y los negocios por otro, y en el medio un tabicamiento. Ese tabique está garantizado por la obediencia y una falsa lealtad. Desde que se empieza a militar hay muchas señales de que ha entrado a una organización donde si algo está ausente es la participación, la democracia. Nadie quiere saber lo que pensás, nadie te lo pregunta y aunque los medios hablan de corrupción, hay rumores por aquí y por allá, la militancia tiene que hacer silencio... por lealtad y obediencia. La militancia, como el perro de Pavlov, ya está entrenada en eso. Incluso no le parecerá raro que todas las decisiones de los cargos electivos no han pasado por él, todo viene de arriba, del Señor de las moscas.
Los testaferros en ese modelo son fundamentales y podemos pensar que López, el fallido enterrador de los ocho millones de dólares, era parte de esa idea: un testaferro de la causa; hay otras causas y otros testaferros. ¿Pero quién controla al testaferro, a los corsarios?, podríamos estudiar el ascenso a la clase alta que cada tiempo político generó: barrios privados, contratos petroleros, coches de alta gama y una cosa importante no se trata solo de los supermillonarios, también de la generosidad de estos con jueces, fiscales, policías, funcionarios y así una corte emergente de nuevos ricos que completan algo que no termina con el entierro de divisas en un monasterio asistiendo a un Crimen ferpecto.
Todo esto tiene que ver con el tema de la recaudación, la financiación política. De nuevo eso de que el fin justifica los medios, eso de que una casa se hace con materiales nobles y porquerías como una excusa para la corrupción.

La obediencia
Pero hay otro factor que contribuye a que los corruptos sean tan invisibles en organizaciones donde la causa es justa y popular: la obediencia, debiera haber empezado por ese factor . Que estos hechos de corrupción hayan permanecido en el inconsciente, es porque el modelo de la obediencia política obliga a que no podemos hablar mal, ni sospechar de los que son de nuestro palo. Sigue vigente lo que decía Oscar Wilde, la moral siempre es la de nuestro adversario.
López había sido denunciado hace tiempo, lo mismo Jaime e incluso Baez, pero nunca vi una denuncia del "palo" y así funciona el mecanismo de la obediencia, no podés hablar mal de los tuyos. Los trapitos se lavan adentro, pero finalmente tampoco te van a permitir que lavés para adentro y si ahora lo estamos haciendo es porqué los draculitas se han debilitado, han perdido las elecciones, duermen en sus cajones esperando la noche de Macri para resucitar.
Tampoco existen mecanismos democráticos modernos para que la militancia se exprese, por eso tan sabiamente el voto es secreto. No hay ni debate ni conversación, se bajan lineas, incluso todo el lenguaje habla de luchar, militar, pelear, estamos ante la metáfora de un ejército imaginario.
No es solo en La Cámpora que pasa eso, esto es constitutivo de todo el peronismo y de la política argentina de los últimos tiempos. Los cargos se definen siempre desde  arriba, ni los muchachos de la Cámpora eligen a sus representantes los que serán legisladores y en las camaras tambien funciona el absoluto verticalismo.
Verticalismo esa es la palabra que tenemos que decodificar, desarmar, deconstruir para abarajar de nuevo y avanzar en un concepto de conducción que sea participativo y transparente.

Cuál es la discusión, la agenda que nos quema la democracia: Más democracia en las organizaciones, más transparencia y que el fin no justifica la corrupción.

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